Este año que transcurre parece haber comenzado hace mucho más que 7 meses. Desde la incursión estadounidense en Venezuela con la captura de Nicolás Maduro, pasando por las grandes e inusuales oleadas de calor y frío matando miles de personas, punto aparte con los ataques a Irán, que han generado una situación de montaña rusa en la economía mundial (idas y vueltas inescrutables, con acuerdos que son mentiras dilatorias), y con respiros breves como el caso del Mundial y distracciones si se quiere con asuntos que no de fascinar como el tema ovni.
Y podríamos seguir con esa inestabilidad que parece ganar terreno en todo el mundo, con la continuación de guerras interminables (como en Congo, Sudan, Yemen y Ucrania), con el avance de regímenes populistas de derecha e izquierda, la avanzada de la cultura de la muerte, ahora con una bandera ya previsible luego de miles de millones de muertos en más de 5 décadas de aborto legal en muchos países: la eutanasia, que va a tender ahora a acabar con la vida de miles de viejos y personas vulnerables.
El avance al parecer imparable de la IA con sus beneficios y sus problemas, entre ellos un fuerte ajuste del mercad laboral, el cuestionamiento del papel de la educación en general y de las universidades en particular, el cuestionamiento de las bases de un mundo al parecer claramente postcristiano que s rebela ante esa perspectiva, con una cierta tendencia en conversiones al catolicismo, y la orfandad de autoridades y líderes mundiales, salvo casos excepcionales como en el caso del Papa León.
En este extraño año en el que el colonialismo es ampliamente rechazado políticamente pero ampliamente aceptado a la vez en la ideología de género, como hijos de Dios, debemos de apelar a las virtudes teologales y cardinales para hacer lo que nos toca: Ser luz y sal en un mundo oscurecido, ser portadores de esperanza en un mundo que la pierde crecientemente, y practicar la caridad ante un mundo que se vacía de humanidad en manera inversa a que avanza la tecnificación y el mundo digital.
La tarea no es sencilla, pero el reto lo vale, porque no debemos ser meros expectadores que espera de los cristianos más acciones, no solo oraciones.
Y para terminar, lo del acápite: El extraño Año 2026... ¿o será normalidad de aquí en más?
Esa pregunta queda flotando en el aire. Solo Dios sabe el futuro y sabrá conducirnos en medio de las embravecidas aguas...
Dr. Daniel Jorge Sanabria Barrios.
Coordinador General de la RPC